Los madrugones de cientos de capitaleños se están convirtiendo en una carrera de obstáculos. La mañana de este miércoles, la estación Mamá Tingó amaneció de nuevo con puertas fuera de servicio y un solo acceso habilitado, lo que desató empujones, gritos y demoras de hasta dos horas para abordar el tren
Testigos consultados in situ relataron que la avería coincidió con escaleras eléctricas y ascensores parados, una combinación que dejó a personas con movilidad reducida subiendo peldaños a puro pulso, mientras el personal de seguridad lucía claramente sobrepasado. “Uno llega a la oficina sudado, tarde y de mal humor; después el jefe no quiere excusas”, soltó un pasajero que llevaba media hora atrapado en la fila.
El problema no es aislado. El Metro de Santo Domingo mueve en promedio 285 000 usuarios cada día y superó los 100 millones de viajes anuales en 2023, un récord para la región. Con ese volumen, cualquier fallo menor se amplifica en cuestión de minutos.
Lo más preocupante es que las interrupciones se están volviendo rutina: en febrero pasado la Oficina para el Reordenamiento del Transporte (OPRET) suspendió parcialmente la Línea 1 por mantenimiento “programado”, un eufemismo que muchos interpretan como parche tras parche. Sin embargo, los usuarios aseguran que en Mamá Tingó los incidentes de puertas y escaleras dañadas se repiten varias veces al mes sin explicación oficial.
¿Qué está fallando de fondo?
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Mantenimiento reactivo. Especialistas en transporte coinciden en que el esquema actual repara cuando algo se rompe, en lugar de anticiparse con revisiones preventivas.
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Capacidad al límite. La Línea 1 se diseñó para menos pasajeros de los que hoy transporta. Las “horas pico” se han extendido; ya no son dos, sino casi cuatro horas de máxima congestión matutina.
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Falta de personal de orientación. En momentos críticos resulta más notoria la ausencia de funcionarios que canalicen el flujo y faciliten el ingreso ordenado.
Comparado con otros metros jóvenes del Caribe y Centroamérica como el de Panamá, el sistema dominicano opera con menor frecuencia de trenes en la punta de la mañana y con menor redundancia de equipos. Allá, cualquier puerta que falle activa un protocolo para redistribuir pasajeros en segundos; aquí, basta con un torniquete trabado para que la fila llegue a la calle.
Mientras tanto, el costo social se acumula llegadas tardías al trabajo, estudiantes perdiendo exámenes y una percepción de que el metro “ya no es alivio, sino otro dolor de cabeza”, como lo resumió una usuaria. Para muchos, la alternativa de tomar carros públicos implica gastar más y tardar el doble debido al tráfico.
Claves para una solución sostenible
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Plan de mantenimiento transparente. Publicar calendarios y reportes de fallas obligaría a la OPRET a rendir cuentas y permitiría a los usuarios planificar rutas alternativas.
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Reforzar equipos críticos. Sensores de monitoreo en puertas, escaleras y ascensores podrían alertar con horas de antelación y evitar paros inesperados.
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Más trenes en hora pico. Sin abordar la saturación, cualquier arreglo será curita. Extender la flota o reducir intervalos aliviaría la presión sobre las estaciones más concurridas.
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Comunicación en tiempo real. Sistemas de mensajería y redes sociales con alertas verificadas disminuirían la frustración; hoy la gente se entera de la avería cuando ya está atrapada en la marea humana.
El Metro de Santo Domingo fue concebido como emblema de modernidad y motor para descongestionar la capital; sin embargo, sin un viraje serio en gestión y mantenimiento, corre el riesgo de perder la confianza de quienes dependen de él cada día. Y en una ciudad donde el tiempo corre a ritmo de tapón, esa confianza vale más que cualquier vagón reluciente.

